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Adultos mayores, postergados por siempre o una nueva oportunidad

En medio de una pandemia, surge una pregunta trascendental que se hace la sociedad, ¿qué papel está dispuesto a darle el Estado al adulto mayor?

Si uno realiza un recorrido por la historia de la humanidad se puede percibir como las distintas culturas observaron el rol del adulto mayor y que efectos tuvo esto. Cuando los humanos comenzaron a agruparse en búsqueda del bien común, inmediatamente iniciaron los conflictos propios de la convivencia, o los desacuerdos sobre qué tipo de camino a seguir para lograr los objetivos para una comunidad integrada. Y para la resolución de dichos conflictos, se solía consultar a los mayores, ellos eran los sabios, los que habían sobrevivido las guerras, el hambre o a las enfermedades, eran los que contaban con experiencia de vida, los adultos eran los que conocían y sus recomendaciones eran acatadas por todos los integrantes del grupo.

En Grecia podemos observar los distintos enfoques sobre la ancianidad abordados por Platón y Aristóteles, el primero, en su obra La República,” hablaba que en la ancianidad, el hombre desarrollaba las máximas virtudes, y su prudencia, sagacidad y buen juicio, lo habilitaban para ocupar tareas directrices, administrativas y gubernamentales» Por su parte, el pensamiento Aristotélico, postulaba “a la enfermedad como una vejez adquirida y la vejez como una enfermedad natural, lo cual significaba que ser joven y atlético, era sinónimo de virtud”, Aristóteles observa en la vejez la mayoría de los defectos, ya a su decrepitud física le suma la espiritual, de ese modo, para Aristóteles la vejez no es sinónimo de sabiduría y los viejos eran vistos por este como seres disminuidos. En la ciudades helénicas hay que hacer una distinción entre las distintas Ciudades Estado y Esparta, ya que en esta última era una sociedad guerrera por excelencia, y los pocos soldados que habían sobrevivido, a partir de los 60 años quedaban relevados del ejército, ejerciendo un poder real y entre los más destacados, formaban la Gerusia, una organización que estaba compuesta por 28 ancianos, más dos reyes (diarquia); se trataba de un órgano Legislativo que elevaba sus propuestas a una Asamblea Popular. En el resto de Grecia, fundamentalmente en Atenas, que se convirtió en el eje de la cultura helénica, contemplaban con admiración los estándares de la belleza, de la juventud, de la fuerza, y contrariamente, se consideraba al adulto mayor como sinónimo de lo vetusto y lo enfermo, y ese pensamiento fue el que prevaleció hasta que llegó Hipócrates, que en su » de Secnetute» hizo una apología del envejecimiento, formuló teorías médicas acerca el envejecimiento, lo presentó como una evolución natural, de índole física e irreversible aunque se apliquen todos los cuidados.

En la antigua Roma el poder estaba en manos del Senado que estaba conformado principalmente por los adultos mayores, en ellos recaían las relaciones diplomáticas y la administración de justicia. Cicerón documentaba a los personajes históricos y alababa la senectud, destacaba al anciano no viéndolo cómo alguien digno de compasión, sino como alguien que debía ser respetado y venerado. Con el fin de la República y advenimiento del Imperio estos roles fueron transformándose y esa ¿ mirada perdió fuerza, y durante el final del Imperio ser adulto era sinónimo de sufrimiento. Esta última visión pesimista de la vejez junto a la influencia del estoicismo, dentro de las clases “acomodadas”, provocaron una ola de suicidios de los ancianos romanos, que fue vista con beneplácito por la sociedad romana.

A lo largo de los siglos fue decayendo la idea que alguna vez predominó del anciano sabio. En la edad media, renacentista y moderna, comenzó a verse a la vejez como símbolo de feo y enfermo.

Luego de siglos, en la edad contemporánea, con el avance de la medicina y la llegada de las vacunas, comenzó a crecer fuertemente la expectativa de vida, y gradualmente se fue revalorizando el rol del anciano. En oriente, en China, Japón, predominó el rol del adulto mayor, como el del hombre sabio que es venerado. Desde siglos se lo consideró el baluarte de la familia, por su experiencia y sabiduría, y sus consejos eran seguidos a rajatabla. Y en el mundo Occidental, cuando el rol del adulto mayor también destacó, las sociedades prosperaron con una mirada positiva sobre los adultos. En 1991 fueron aprobados Los Principios de las Naciones Unidas a favor de las personas adultas mayores, allí se establecieron normas universales como la Independencia, Participación, Atención, Realización Personal y Dignidad.

Si establecemos una analogía de esos principios trasladándolos a la Argentina moderna, podemos observar que desde el advenimiento de la Democracia, no hubo políticas relevantes que significaran una reforma profunda, justa y solidaria en el campo de la Seguridad Social. Las jubilaciones en lugar de ser una justa retribución por parte del Estado al trabajo realizado por los adultos mayores durante toda su vida, esta retribución se desvalorizó a lo largo de la historia, hasta llegar a la actualidad, dónde un jubilado percibe un haber absolutamente insuficiente para solventar sus gastos básicos (dicho haber no llega al 50 % de un haber mínimo de un trabajador activo).

Varios interrogantes: ¿se puede llevar una vida Independiente, participativa, de realización personal, percibiendo una jubilación básica argentina tan precaria? Y ¿no es momento de otorgarles a los adultos mayores un justo porcentaje por los aportes de toda una vida de trabajo? En cada campaña en cada elección las promesas de los políticos sobre este asunto son alentadoras pero se incumplen.

En particular, en esta etapa de Pandemia por coronavirus, la protección del Adulto Mayor fue un eje político del gobierno y de este modo postuló medidas de protección para los mayores, ya que es el grupo más vulnerable en relación a este virus; varias medidas fueron y se consideraron muy positivas, pero al mismo tiempo que se destacaba el cuidado extremo al adulto mayor, el gobierno careció de medidas y protocolos estrictos para controlar los geriátricos desde el primer día de cuarentena, y eso tuvo como consecuencia que los asilos fueron uno de los lugares más vulnerables, dónde el Coronavirus hizo estragos, porque los contagios fueron masivos y gran cantidad de muertes sucedieron en adultos que vivían en estos hogares.

Al margen de la postergación de los jubilados por años y del cuidado sanitario que se merecen, surgió un debate durante esta pandemia, el lugar de impotencia o inutilidad dado a los adultos y la imposibilidad de otorgarles capacidades como seres responsables capaces de velar por su propio cuidado. Aprendamos de la historia, volvamos a la filosofía, a Platón, donde el adulto mayor es virtud, es contención familiar, es trasmitir el legado de su conocimiento y experiencia. Envejecer con dignidad y respeto, en lo mínimo que merecen nuestros adultos mayores

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