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Dejando hacer, dejando pasar (PARTE 11)

En esta décimoprimera entrega de la serie sobre antisemitismo elaboro un resumen de la época de Juan Domingo Perón, un militar confeso admirador de Mussolini y de Hitler, analizando su legado antisemita, lanzando anclas ahora, sobre uno de los argentinos que a mi criterio constituye en una de las más acabadas expresiones de odio racial hacia los judíos que ha podido generar nuestra sociedad. 

Un auténtico farsante y de la mejor estirpe sofista; esto es, al decir de uno de los padres de la filosofía –Sócrates– un portador de gravísimas y falsas verdades, conocedor del manejo maquiavélico de las masas al mejor estilo de un taller práctico sobre la teoría de “El Príncipe”. 

Bien podría extenderme en varios y extensos tomos sobre la cuestión, pero me limitaré a circunscribirme al objeto específico de la presente nota. Eso sí, me permito expresar por adelantado, que la figura de Juan Domingo Perón en materia de antisemitismo fue de tan gravosa entidad, que logró en ese sentido y hasta al piso más profundo del segmento poblacional, generar estereotipos conspirativos en contra de los judíos que perduran hasta la actualidad. Al efecto y haciendo una auténtica y sincera excepción, graficaré lo antedicho con algunas de las más desagradables experiencias que he tenido que soportar a lo largo de casi mis sesenta años de vida. Las mismas no son compartidas por simple exposición sino como testimonio vital, que grafica desde lo personal a lo social la vigencia del odio irracional antisemita.

Por ejemplo, en el penúltimo grado de mi escolaridad primaria, había que elegir al alumno abanderado. La querida señorita Juana se encontraba ante un verdadero dilema. La elección que tenía que hacer, recaía entre un niño de aquilatada capacidad, excelentísima persona –hoy un destacadísimo médico científico, ignorado en Argentina y contratado en Inglaterra, incursionando y descubriendo métodos de solución a la sordera en la niñez a base de células madres-  y quien escribe estas palabras. Era una muy difícil decisión, por ello requirió opiniones a nuestros compañeros de grado. Y de allí que el primer compañero en opinar, EMD, con tan solo 11 años de edad, expresó ante todo el extenso grupo de alumnos: “Señorita Juana, no entiendo cuál es la duda. ¿Cómo puede pensar nombrar abanderado a un judío?”. Una humillación como pocas he recibido en mi vida. Un dolor racial a carne viva. Frente a semejante cría de antisemita, los años me hicieron comprender que esa experiencia resultaba en realidad, más grave de lo que podía yo suponer. Evidentemente, aquel niño aprendiz de antisemita, había reiterado lo que escuchaba en su hogar, de boca de los adultos.

Otro caso llano de práctica recurrente de antisemitismo arraigado en la sociedad argentina basado en la habilidad demagógica y perversa de los gobernantes, sicarios de la propaganda de xenofobia al judío y receptada mansamente por el corazón ciudadano mediante la acción y/u omisión silente y complaciente, lo constituye el hecho que padecí en ocasión de mi carrera como ajedrecista profesional. En oportunidad de disputarse un fortísimo Torneo Internacional, me tocó enfrentarme a un Gran maestro Internacional sudamericano de dilatada campaña a nivel mundial. Luego de una ardua lucha de casi 5 horas de duración, la partida finalizó en tablas. Con ese empate, ambos perdimos la chance de luchar por el primer puesto en la última partida del Torneo. Luego de finalizada la disputa, mi ocasional adversario se mostraba muy contrariado y en ese sentido, exageradamente mucho más que lo habitual para esas circunstancias. A las dos horas de habernos enfrentado, un amigo de “toda la vida” me hace saber: “Tu rival no estaba enojado sólo por el resultado; dijo encontrarse “más caliente” por no haber podido ganarle a un judío” (SIC).

También he padecido similares y graves expresiones de antisemitismo, pero ya en el ámbito de mi ejercicio profesional de la abogacía. Encontrándome en la barandilla de una Fiscalía de Instrucción en lo Penal de la ciudad de Córdoba, precisamente a cargo de un fiscal coronado de corrupción y xenofobia -por ejemplo, ordena ejecutar allanamientos a domicilios privados y secuestros sin orden judicial escrita alguna-, aguardando ser atendido como profesional representante de víctimas de la corrupción política provincial, ocurrió que luego de una espera desmesurada y poco habitual insistí en la urgencia de ser atendido para la presentación de un escrito fundamental para la causa, pero de inquietante compromiso funcional para el propio Fiscal de Instrucción y para algunos de los más altos funcionarios del poder político de Córdoba. Dada la “imprudencia” habida por parte del empleado que me atendía, en el sentido de haber dejado entreabierta la puerta del despacho del referido representante del Ministerio Público, es que al ingresar el empleado a esa oficina para dar aviso a su jefe sobre los motivos de mi presencia y requerimiento, tuve que escuchar la “voz enardecida del Fiscal” que claramente “sacado de si mismo”, expresó: “Ese judío de mierda, que como buen judío lo único que sabe es romper las bolas”. Al poco tiempo de haber ocurrido ese hecho y dado el absurdo, arbitrario e ilegal manejo antojadizo que hizo de la causa que involucraba a altos funcionarios cordobeses del poder, el Fiscal fue objeto de un Pedido de Destitución por mi parte, presentado ante Jurado de Enjuiciamiento de Jueces y Otros Funcionarios de la Provincia de Córdoba. Pese a la clarísima corrupción que enmarcó el accionar del funcionario instructor antisemita, y que, para evitar los efectos penales que indefectiblemente deben caer sobre las autoridades públicas sin embargo dispuso el archivo de la causa, la cual todavía, pese a insistentes reclamos, duerme en forma deliberada el más plácido “sueño de los inocentes” ante el Órgano Competente a cargo de evaluar la conducta funcional judicial.

Asimismo, me referiré a un grave hecho antisemita ocurrido hace unos 16 años aproximadamente durante una simple cena entre conocidos. El anfitrión en la cabecera de la mesa y yo a su derecha, advertí enfrente a un joven que se presentó como Policía de la Provincia de Córdoba. La conversación entre nosotros tres se centró en la problemática general argentina en relación a lo económico, lo social y la corrupción. De repente afloró la adoración irrazonable por el credo peronista y especialmente por la figura de Juan Domingo Perón desde una posición endogámica, tal cual fuera una cuestión de adoración fanática y no de política basada en hechos y cuestiones concretas. Aclaro que el anfitrión me conocía desde hacía diez años y era sabedor de mi condición judía; aunque el policía no lo sabía. De repente el policía vociferó sin pelos en la lengua: “Acá el verdadero problema es que Hitler se quedó cortó. En lugar de haber matado a seis millones, tendría que haber hecho jabón a todos los judíos; no dejar ni a uno”. Inmediatamente, por un instante, pensé que me encontraba frente a alguien utilizado desde el más allá por Adolf Hitler, para reencarnarse dentro de ese cuerpo. Seguidamente, dudé en reaccionar enérgicamente o esperar la lógica represalia del dueño de casa; el policía era su invitado especial y en definitiva decidí en medio del espantoso momento, optar por la segunda y esperada actitud del anfitrión. Pero contra la lógica y mínima educación que exigía la atrocidad y el horror de la situación, el personaje de la cabecera obró silentemente y, por su inaceptable omisión, no pude interpretar otra cosa que el hecho de haber sido complaciente con una de las peores expresiones, quizás la más grave, que puede esperarse de un antisemita. 

Lo trascendente de las experiencias relatadas, es la cuestión de cómo el antisemitismo se ha difundido e instalado en todos los estratos de la sociedad argentina y la gran influencia que en ellos han tenido y siguen teniendo todos aquellos gobernantes argentinos –en especial Juan Domingo Perón- que comulgaron con la Alemania nazi de Hitler y su principal aliada, la Italia fascista de Mussolini. Una clara consecuencia que también ha dejado la práctica del “dejar hacer, dejar pasar, total la Argentina va sola y entonces, nada me interesa”.

 ¿Qué debía haberse esperado de un ladrillo portante de falsedad y propagandismo conspirativo xenofóbico? El gran simulador, entre los simuladores.

Y buena parte de la sociedad argentina deliberadamente eligió abrevarse de las mentiras escandalosas del “General”. Jamás pudo haber tenido una sincera y auténtica sensibilidad social trabajadora, un hombre fanatizado con la brillantez de Adolf Hitler y de Benito Mussolini. Perón, eso sí, supo utilizar a la perfección, en el manejo de las masas, el principio fundamental –perverso- establecido por Nicolás Maquiavelo en El Príncipe: “Cada uno ve lo que parece, pero pocos palpan lo que eres”. Y para que ello se haga una realidad masificada, necesaria y maliciosamente, debió utilizar a aquellos quienes fueron condenados –lamentablemente- a desarrollarse ajenos y extraños con los beneficios que otorga la debida formación educativa y cultural. Por cierto, mecanismo maquiavélico que el peronismo utiliza hasta la actualidad. Es necesario que el pueblo “no pueda palpar lo que en realidad eres”. Diría Sócrates, “son gobernantes que no transitan el camino de la felicidad, esto es la sabiduría de la verdad; solo dicen al pueblo lo que el pueblo quiere escuchar y nada más”. Perón no solo amparó y otorgó impunidad a los responsables del Holocausto. También fue un auténtico mechero de la autoría intelectual ajena. Basta dialogar con personas adoctrinadas y embriagadas por la infundada religión peronista y en general, uno se encontrará con esta frase: “Como dijo el General, la única verdad es la realidad”. ¿Ver lo que parece para que no se palpe lo que eres? En realidad Perón y esa es la única realidad irrefutable, perversamente, siempre habló en ese sentido con la firme intencionalidad personal de “hacer creer que esa frase era de su autoría como fruto de su condición de pretenso gran estadista”. La utilizó por primera vez en 1948, para justificar el aumento de los precios de la carne exportable. Si entonces, la única verdad es la realidad, se debe hacer saber que Perón fue un farsante que mechó el concepto autoral perteneciente a Aristóteles y luego revivido por el célebre filósofo alemán Emmanuel Kant. Basta de mentiras y de sofistas portadores de falsas verdades.

Fabián Moscovich
Fabián D. Moscovich Abogado Matrícula Profesional 1. 29512 Matrícula Federal CSJN Tº 64 Fº 805 Representante de DH ante la CIDH.
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